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Tratado de la introversión de un extrovertido
domingo, 17 de septiembre de 2006
Levantarte y sentir que tienes algo importante que hacer. Que le importas a alguien, o que alguien te importa. Esa canción que hacía tanto que no escuchabas suena de repente en la radio y era justo lo que te pedía el cuerpo. Un baño relajante, con permiso de la sequía. La sonrisa agradecida de aquel niño cuando recuperaste su globo de helio de las ramas de aquel árbol. La quiniela con los amigos, las horas delante del espejo antes de quedar con ella -o con él-, el amigo que se fue a África y hace años que no ves. Esa llamada que tanto esperabas, por fin llega, aunque dejas que suena un par de veces para no parecer ansioso. El pájaro que se posa en tu ventana.

La ilusión. Siempre necesito algo con lo que ilusionarme, con lo que llenar mi mente. Algo que me diga que estoy vivo, que vuelva locas mis neuronas con actividad frenética, que me haga hiperactivo, ya sean clases de chino o intentar mejorar sustancialmente en el trabajo. O el gimnasio, la piscina o la dieta. No importa lo que sea, siempre debe de tener un objetivo para alcanzar y, cuanto más difícil sea, mejor, porque más épica será la victoria.

Dicen que para que exista ilusión, un sueño debe de ser inalcanzable, porque en el momento en que se alcanza se pierde la ilusión y uno siente un vacío. Bien, yo prefiero alcanzar todos y cada uno de mis sueños, para poder soñar con otra cosa después.