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Tratado de la introversión de un extrovertido
jueves, 14 de septiembre de 2006

Dos cosas temo en esta vida y ninguna de ellas es una persona, porque todos somos mortales y, por lo tanto, vencibles.

Una de ellas es el fracaso. No soporto la derrota, no concibo ningún aspecto de la vida por diversión, todo es una negociación potencial, cada acto es un reto. Sobreviven los más preparados, los mejores, los más competitivos. Busco constantemente la superación personal, en todos los aspectos de la vida, rebasando los límites una y otra vez, tanteando hasta dónde soy capaz de llegar, pero nunca pisando cabezas para ello. Porque no soporto a los tramposos, ni a los traidores, ni a los trepas, que en sus propias acciones reconocen implícitamente que son peores que tú, pero que pueden pasar por encima tuyo en cuanto te descuides.

La otra es la soledad. Cuando voy caminando por un parque y veo un anciano sentado solo, con esa cara de tristeza perenne que sólo conceden las arrugas que surcan su rostro, me pregunto cómo habrá sido su vida, porque lo que a veces no nos paramos a pensar es que esa persona no siempre habrá sido anciano, no habrá estado en todo momento sentado en ese banco de ese parque. Y la pregunta final siempre es la misma, ¿no tendrá a nadie? seguida de ¿quién seré yo dentro de un año, diez o cincuenta? La soledad es el peor castigo que se puede soportar, sobretodo cuando el ser humano es un ser social; todos necesitamos a alguien, todos, y aquellos que se creen totalmente independientes y autosuficientes son los que más necesitados de afecto están. ¿De qué sirven las alegrías si no las puedes compartir? ¿de qué te vale el dinero si no lo puedes gastar con los que quieres -y te quieren-? ¿quién te va a consolar en los momentos difíciles?

Soledad y fracaso, fracaso y soledad, ambas intangibles, pero las dos me encogen el corazón sólo de pensar que puedo tener que enfrentarme a ellas.