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Tratado de la introversión de un extrovertido
jueves, 20 de julio de 2006

Otra vez comiendo polvo, postrado en el suelo mirando hacia la enorme masa blanca que, imponente, se burla de mí. Mi lanza está rota, mi caballo ha huído, y aquí estoy yo con mi vieja armadura agotado, dudando si levantarme y desenvainar mi herrumbrosa espada o, por el contrario, tumbarme a mirar las nubes pasar contrastando contra el cielo azul y dormir, sólo dormir....

Pero no, otra vez esa voz me dice que tengo que levantarme, que no hay molino de viento que se mantenga en pie eternamente, que vuelva a la carga con todas mis fuerzas -las que me quedan, al menos- hasta ver a mi enemigo reducido a escombros.

Mis conocidos no me comprenden; algunos me admiran por mi tesón y constancia, otros me evitan como se evita al que se sabe que caerá, tarde o temprano, en desgracia. La vida no deja de parecerse a las antiguas cortes francesas, llenas de intrigas y traiciones, en las que todos eran tus amigos hasta que perdías la gracia del monarca de turno. A partir de ahí, ni pena ni gloria, sólo ostracismo. Y algunos murmuran, como diciendo "mira a ese loco".

Eso es, primero rota sobre tu cuerpo para apoyar una mano, luego hinca la rodilla para finalmente erguirte, una vez más. Y de nuevo te encuentras solo, entre el enemigo común de todos los que te miran apostando si fallarás o lo lograrás para que, ocurra lo que ocurra finalmente, repartirse los harapos que queden del vencido, sin importar quién sea.

Pero mientras coges impulso piensas que todo eso te da igual: una vez más cargas, sabiendo que una vez más caerás. Y la voz sigue animándote.