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Tratado de la introversión de un extrovertido
lunes, 10 de julio de 2006
Hoy, justo cuando tú me pides más, yo te necesito menos. Intento hacerte ver que necesito mi cuota de libertad, mi tiempo para mí. No, no vale que sólo nos veamos -algunos- fines de semana, ya sabes que estoy atrevesando una crisis familiar, una crisis de personalidad, una crisis en lo profesional y una crisis social. También sabes lo que necesito estar tranquilo en mi tiempo libre fuera de esa ciudad impersonal.

Tú eres mi solución y, a la vez, parte del problema, y eso lo complica todo aún más. Hay días que me levanto pensando qué suerte tengo de que estés ahí viendo como está el panorama. Otros días veo las relaciones que empiezan y me pregunto si no tendré derecho yo también a disfrutar de esa ilusión, de esas ganas de que las manecillas del reloj marquen la hora en que hemos quedado, de pasarme horas delante del espejo arreglándome para luego decirte que me he vestido a carreras en cinco minutos,...

Veo a J. y R. y a A. y M. empezando a conocerse, todo es sorpresa, todo es emoción y hay ganas de superar las distancias. Incluso han cometido el error de olvidarse de los buenos amigos. Nosotros, sin embargo, estamos en mitad de una pradera sin límite, da igual que caminemos a un lado u otro porque todo es siempre lo mismo, una extensión verde.

Ni yo soy lo mejor que puedes lograr ni tú eres lo mejor que puedo tener y esa sensación cada vez late más fuerte en mi corazón. Esto no es nuevo, llevo años pensando si no estaré hipotecando mis mejores momentos. No, no me imagino compartiendo contigo el resto de mi vida, no lo quiero porque, en realidad, somos diametralmente opuestos y creo que me merezco algo diferente, porque no quiero decir mejor, porque tú eres una gran persona pero no eres 'esa gran persona' que busco.

Fíjate cómo han girado las tornas: has conseguido que, dada tu enorme dependencia por mí, me sienta culpable cuando hago algo sin contar contigo. Hace años que no amplío mi círculo de amistades y mírame aquí, con mis cinco amigos de siempre haciendo las cosas de siempre y consumiéndose mi vitalidad como una vela que alguien se ha olvidado encendida durante toda la noche. Y, sin embargo, eres tú la que me necesitas.

Quiero no tener que darle explicaciones a nadie si un viernes llego a casa y me llaman para irme de acampada, salida dentro de media hora, y desaparecer durante un fin de semana.

Quiero volver a ser tan popular como lo era a los dieciocho, salir por la calle y pasarme la noche saludando conocidos, de los antiguos y de los nuevos.

Quiero superar esta crisis personal para centrarme en lo profesional, y viceversa.

Dices que soy algo egoísta a pesar de lo que llevo sufriendo para que lo nuestro, por no decir lo tuyo, funcione. Para que no sufras más en esta vida que tan mal te ha tratado. Para no ser yo también, la persona en la que más confías y te apoyas, una causa más de sufrimiento. Claro, que tú no sabes todo esto que siento y, lógicamente, crees que soy un egocéntrico, lo que duele aún más.

No, siento contradecirte pero no soy egoísta, aunque quizá sí que soy un cobarde porque todo esto es lo que nunca me atreveré a decirte.