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Tratado de la introversión de un extrovertido
viernes, 23 de junio de 2006
¿Para ser sincera? ¿qué clase de mierda de expresión es “para ser sincera”? Oh, entiendo, cuando me dices “para ser sincera” me estás diciendo que en todo lo demás que me has contado no has sido honesta, que es un antónimo de mentirosa. Gracias por haberme dicho la verdad una vez en toda la conversación, no sé si es un problema de que no te transmito confianza o que, simplemente, no logro empatizar contigo.

Si me conoces un poco sabrás que me encantan los cuentos, las fábulas. Pues bien, sabes esa que habla de un escorpión a la orilla de un río caudaloso que quería cruzarlo pero no sabía nadar –hasta lo que yo sé, los escorpiones no nadan-, así que le pidió ayuda a una rana. La rana, que no tenía ninguna princesa cerca con ganas de averiguar si era un príncipe encantado, no tenía nada mejor que hacer, pero conocía la fama del escorpión y, recelosa, le contestó que no le ayudaría, pues en cuanto se distrajese, le hincaría su aguijón ponzoñoso.

El escorpión replicó a la rana que eso no podría ser, puesto que aunque fuese venenoso no era estúpido y si le clavaba el aguijón ambos morirían ahogados. La rana, que no compraba en Media Markt, osease que era tonta, quedó convencida con el argumento del artrópodo, así que acordó hacerle el favor. El escorpión se subió a la espalda de la rana y la rana comenzó a nadar, cruzando el peligroso cauce. Pero pronto al escorpión le empezaron a entrar fríos sudores, ¡veía la blanda carne verde tan a su alcance...!

En fin, que lo que sigue te lo imaginas, el escorpión le clava el aguijón hasta la médula a la rana y, al batracio, se le salían los ojos de las órbitas de la sorpresa, sintiendo cómo la vida se le iba. Justo antes de ahogarse, la rana le preguntó al escorpión:
- ¿Por qué lo has hecho? Ahora moriremos los dos.
- Lo sé rana, pero no puedo luchar contra lo que soy.

De esta fábula he sacado dos enseñanzas que ahora te transmito: primero, que las ranas tienen los ojos saltones porque descienden todas de esa misma rana y, segundo, que cuando sabes que alguien es malvado, ¿por qué no debería de serlo contigo?

Por eso, cuando te olvidas de aplicar con hechos tus grandilocuentes discursos y sólo se quedan en eso, palabras, me doy cuenta de que, para ser sincero, eres bastante mentirosa.