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Tratado de la introversión de un extrovertido
jueves, 22 de junio de 2006
Hace tiempo, nadando en la playa, me atrapó una corriente. La verdad es que el agua a penas me llegaba a la cintura, pero no podía avanzar porque la arena también era arrastrada y no tenía sustrato en el que apoyarme. Dicen que cuando te ves sorprendido por una corriente se debe de nadar en diagonal a la costa, al menos eso decían los recauchutados Vigilantes de la Playa, vamos, los socorristas de toda la vida pero metrosexuales.

Te voy a contar una historia, porque seguro que mi psicólogo, si tuviera uno de carne y hueso y no simplemente estas letras digitales, me diría que exteriorizara lo que siento en el momento en que lo siento. A lo que vamos, y atento Almodóvar, igual te sacas un argumento original por una vez en tu vida.

De pequeño siempre tenía la misma pesadilla: estaba en mi casa de noche, en la habitación, a oscuras y metido en la cama, y en el pasillo veía la luz procedente de la sala de estar, desde donde me llegaban las voces de gente, se supone que mi familia. Yo siempre sabía cuándo venía ese sueño, lo que no sé es si la sensación era anterior al sueño o venía de serie con la pesadilla. En fin, que te iba diciendo que yo estaba en mi cama y veía luz de fondo, y entonces comenzaba la sensación, algo así como que mi cama oscilaba unos milímetros sobre el suelo, de manera que yo intentaba irme de la habitación, pero algo me tragaba hacia ella, una fuerza oscura e intangible y, aunque me agarraba del marco de la puerta, jamás conseguía llegar a la claridad –y posiblemente al refugio- de la sala de estar. Finalmente mis manos se soltaban del marco y volvía a la habitación.

Con el paso de los años, aprendí a enroscarme sobre mí mismo, a defenderme, porque lo que venía a continuación era doloroso. Porque te aseguro que dolía, digan lo que digan los freudianos. Algo más oscuro que la propia oscuridad me rodeaba y, finalmente, me mordía. Fin. No me preguntes por qué, pero jamás pude atacar a aquella cosa, fuera lo que fuera; simplemente me enroscaba como un niño pequeño y cerraba fuerte los ojos, como si al no verle yo, él tampoco pudiera verme.

Siguieron pasando los años, siempre el mismo sueño, pero aprendí a reconocer cuándo iba a tener una pesadilla y a conseguir despertarme. Esto aún me ocurre hoy en día, aunque hace años que no sufro aquel sueño. ¿Que qué siento mientras intento despertarme? bueno, lo que creo que estoy haciendo es agitar la cabeza brúscamente de uno a otro lado de la cama, para terminar con un grito y despertándome. Si me muevo en realidad o si grito alto o bajo, no lo sé, supongo que la verdad no se corresponde con lo que siento mientras salgo de ese trance.

Todo esto, aunque parezca que no, tiene un sentido. Pero antes quiero asegurarme de que no te llevas una falsa impresión sobre mí: no soy pesimista, ni mucho menos, pero si no me quejo no sé vivir. Quizá alguien me enseñe un día cómo se hace, pero yo no venía con manual de instrucciones y en la fábrica no quieren saber nada del tema, la garantía ya se pasó.

A veces, simplemente estás harto. Todo te parece una mierda. Vaya, he dicho mierda. Lo he vuelto a hacer. Bueno, lo que te quiero preguntar es si conoces esa sensación de sentir cómo el tiempo va pasando y lo pierdes inútilmente, esa sensación de asquerosa inercia que sólo te lleva a adentrarte un poco más en tu propia espiral de decadencia. Es una cuestión ya no de nostalgia por lo que fue, no voy a citar a Jorge Manrique y su “cualquier tiempo pasado fue mejor” –vaya, lo he hecho, hoy estoy torpe-, sino que se trata de la desesperación de ver cómo la mediocridad va invadiendo todos y cada uno de los ámbitos de tu vida a pesar de tus esfuerzos. Como en aquella pesadilla, quisiera hacerme un ovillo y esperar hasta que despierte, intentando sufrir lo menos posible. Y sin embargo, ahora intento acabar con lo que sea contra lo que lucho.

Creo que sabes de qué te hablo, todos tenemos días malos, pero la relatividad del tiempo, que no la hemos descubierto ni tú ni yo, hace que que esos días a veces parezcan años. Otras, lo son.