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Tratado de la introversión de un extrovertido
viernes, 16 de febrero de 2007

Que el cine me gusta es un hecho, tal vez me he aficionado porque es un recurso sencillo -caro, pero sencillo-, que se puede encontrar en casi cualquier sitio y que no hace falta nadie para disfrutarlo. Siempre hay un sitio en el centro para una sola persona. Sin embargo, nunca he ido al cine solo.

Suelo ver una media de 15 ó 20 películas al año en salas, para que luego diga los de la
SGAE. Veo el doble por otros medios. Y, de todas esas películas, sólo 3 ó 4 se merecerían que pagase casi 7 euros por verlas. Esto, en cifras, indica que más del 90% de las películas que voy a ver no me aportan casi nada o, lo que es lo mismo, me decepcionan. Sé que es complicado superarse, sorprender con un guión fluido, interesante, que enganche desde el primer minuto, y un desenlace que sorprenda, que no se intuya, como pueda ocurrir con El Sexto Sentido o El Protegido, por citar algunas de las mejores películas de Bruce Willis. Por eso mismo descarto el cine español, quizá prejuzgándolo, pero la temática de la guerra civil o los dramas de asesinos en serie o de personajes sociales marginales no me llaman: voy al cine a disfrutar o, en su defecto, a pensar.

Pensar. Cada vez creo que tenemos el cerebro más atrofiado, no sé si se debe al frenético ritmo de vida o a que es más cómodo ser impulsivo. La verdad, despreciamos lo que nos diferencia del resto de animales. Pero este es otro tema.

Pensar. Películas que te hacen pensar y que actualmente están en cartelera son
En busca de la felicidad, con un soberbio Will Smith que se aleja del siempre-cómico Príncipe de Bel Air o de películas de acción en clave de humor como Men in Black o Independence Day para resurgir convertido en todo un actor, con a mayúscula, puesto que demuestra su polifacetismo encarnando, en esta ocasión, a un padre de familia en los Estados Unidos de 1980. Desde el minuto 1 sufrimos con él cada una de sus desventuras y, si bien la película puede resultar algo lenta, el hecho de que esté basada en un suceso real me motiva, me hace volver a creer en la capacidad de superación de este ser humano que es capaz de lo mejor y de lo peor. Y te hace valorar lo que tienes y que todo lo que te puede haber costado llegar hasta donde estás sólo es comparable con tu experiencia previa y, por lo tanto, es un sufrimiento subjetivo y no extrapolable.

Pensar. No me gustó Titanic, ¡oh, sacrilegio!, tampoco me gustó La Playa, y de hecho Di Caprio me parece tan mal actor como persona, pero debo reconocer que en
Diamante de Sangre el papel le viene que ni pintado y se continua la tendencia iniciada por El Señor de la Guerra de Nicholas Cage, sólo que desde un punto de vista más dramático, si cabe, y por lo tanto más real. Si hace unas líneas hablaba de la capacidad que tiene el ser humano para ser mejor, para superarse, ahora tengo que referirme al homo homini lupus de Hobbes. Me refiero a los conflictos olvidados, a esos conflictos que, cuando menos, financiamos en el segundo cuadrante del mundo para que se maten en los otros tres cuadrantes: da igual que sea marfil, petróleo, diamantes,... o ballenas. Cualquier recurso tiene que ser esquilmado, como si de una plaga de langostas se tratase. No voy a comentar más, pero me ha encantado cómo esta película refleja una realidad que otros prefieren obviar, porque es más cómodo vivir sin mancharse de barro los zapatos.

En fin, dos buenas películas que no debes dejar de ver: al menos, aportan.