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Tratado de la introversión de un extrovertido
domingo, 12 de noviembre de 2006
A veces la gente me pregunta cuestiones para las que no tengo respuesta. Me miran con ojos esperanzados, o quizá desesperados, con gran expectativa para ver si puedo solucionar su problema o, al menos, arrojar algo de luz en su penumbra.

Yo no soy un oráculo, ni un visionario, pero entiendo que en el momento en que alguien pierde la esperanza ya no le queda nada, así que intento rescatar mi mejor oratoria para aparentar que sé lo que digo, aunque en realidad no tenga ni la menor idea. Por supuesto nunca daré un consejo que sepa que va a resultar negativo para esa persona, pero estoy sujeto a error como ser humano que soy: si pudiera abstraerme del error, ¿no sería acaso un dios?

Pero no soy infalible, y prueba de ello es cuando alguien me dice algo y me quedo totalmente en blanco, ya que hay cosas ante las que nada se puede decir y, otras, en las que el que mira con ojos interrogantes es uno mismo. Te preguntarás hasta dónde quiero llegar. Bueno, este fin de semana se me han planteado algunas cuestiones para las que no tengo respuesta y, sin ir más lejor, ayer un primo mío de siete años, hablando sobre los Reyes Magos, me dijo que iba a pedirles "todo lo que no fuese para bebés y niños pequeños". La inocente conversación dio un giro para el que no estaba preparado, ni siquiera ahora lo estaría aún a sabiendas, puesto que al preguntarle por qué sólo iba a pedir lo que no fuese para bebés o niños pequeños me contestó que todo eso se lo dejaba para su hermano.

Hasta aquí puede parecer todo normal, pero es que resulta que su hermano falleció hace ya más de dos años por una enfermedad degenerativa -ver anterior artículo-. ¿Cómo le explicas a un niño de 5 años que su hermano pequeño ya no volverá? ¿cómo te enfrentas dos años después a semejante respuesta?

No se trataba de poder decirle algo, podría haberle dicho cientos de cosas, hermosos discursos que quizá a un niño de 7 años le hubiesen servido para no pensar mucho en ello en un tiempo. Sin embargo, me quedé paralizado mirándole fijamente, pensando en que, a veces, la vida tiene un perro sentido del humor, pensando en que, con distintas perspectivas, ambos compartíamos en ese momento el mismo dolor.

Por eso, simplemente me quedé callado. No tenía respuesta para él, y creo que es una de las pocas veces que he dicho esto en mi vida.