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Tratado de la introversión de un extrovertido
viernes, 19 de enero de 2007
Sí, sin duda tienes razón. Me he equivocado, de pleno, pero oye, no me culpes, no he podido elegir la época en la que quería nacer, eso viene de fábrica y no encuentro la garantía por ninguna parte.

Que sí, que lo sé, que es muy difícil encajar en un momento histórico que no te corresponde, donde palabras como valor, lealtad, honor, amistad se canjean cuales cromos por otros conceptos como vivir a tope, traicionar, mentir, hablar y hablar y hablar. Porque todo es un blablabla absurdo y sin fundamento, todos hablamos mucho y escuchamos poco. Y cuando uno se ofrece a escuchar, creemos que va con segundas intenciones, hasta ese punto de paranoia hemos llegado.

Por supuesto, te entiendo, sé que debo aceptar que los molinos de viento no son gigantes, pero esa es la única concesión que te voy a dar, pues no hace tanto la gente nacía esclava, vivía atemorizada por la espada y la brujería, luchaba por sus principios y moría por amor. ¿Y ahora qué? sólo hay que seguir el olor, el vertedero siempre está cerca. Y no, no huele a basura, ese olor hediondo es lo que hemos ido tirando por la ventana, todo lo que consideramos inútil: nuestro corazón, nuestra alma, nuestros sentimientos. Vale, no lo consideras inútil, lo considera inútil esta sociedad que no-sé-quién ha creado bajo no-sé-cuál estudio de arquitectura de bajo coste.

Tal vez por eso me guste tanto la Edad Media. No aquella de la pobreza extrema, de la peste, del ocultismo, sino la Edad Media del caballero medieval que hacía el voto de defender al débil y salvar a la dama. Claro, que ahora tengo otro problema, y es que conozco muchas mujeres, pero damas, damas, casi las puedo contar con los dedos de las manos, al menos bajo el concepto de dama con el que me he criado y que vendría a ser, si me permites el símil, el concepto grecorromano de belleza trasladado al interior de las personas.

Pero es por eso que consideramos lo bueno como bueno, ¿no crees?, porque es mejor que lo común, que lo vulgar, vamos, que el resto.