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Tratado de la introversión de un extrovertido
jueves, 8 de junio de 2006


Los tornillos, a veces, se pasan de rosca. No, hoy no voy a darte ninguna lección magistral sobre cómo hacerte tu propio descapotable con un par de grapas y una tabla de contrachapado, pero ya sabes que me gusta comenzar con un símil. Por dónde iba... ah, sí. Te comentaba que los tornillos a veces se pasan de rosca a base de apretarlos más y más. Todo tiene un límite estructural.

Ni nosotros somos objetos de ferretería ni los tornillos tienen un factor clave en el ser humano, la esperanza, pero sin embargo como elementos físicos que somos también tenemos un límite físico y otro psíquico. Nuestra moral, que no es otra cosa que la traducción de la esperanza en términos de resistencia a la fatiga, se resiente con cada golpe y, como toda estructura, nuestro cuerpo y nuestra psique tienen memoria: el mar no vence al acantilado por golpearle muy fuerte un par de veces, sino por insistir una y otra vez, golpes que pueden parecer insignificantes pero que, un día sin más ni más, provocan que la pared de piedra se venga abajo.

Pues bien, la vida es como el mar y nosotros somos su acantilado. Ola tras ola te va golpeando. Algunos tienen más suerte que otros y les han puesto un rompeolas que les mantiene como una rosa en una campana de cristal, sin marchitarse. A otros nos han dejado, por acción o por impotencia, ante los elementos. Y ya lo dijo Felipe II, no se puede luchar contra los elementos.

A pesar de ello, siguen existiendo acantilados. Y tornillos.